Lola Flores y La Zarzamora : cuando la copla se convirtió en voz
Suena la introducción. Unos compases instrumentales marcan el paso, casi como si alguien avanzara por una calle estrecha bajo la luz de un farol. El ritmo es firme, decidido. Entonces entra la voz: intensa, vibrante, inconfundible. “Se lo pusieron de mote porque dicen que tenía…”. No es solo una canción. Es una historia que comienza a representarse ante el público.
Estamos en la España de la posguerra. Una España gris, marcada por la miseria, el hambre, el racionamiento y el «estraperlo» y por una moral rígida que establecía con claridad qué debía ser una mujer: discreta, madre, esposa, obediente. En ese contexto, la copla —un género de canción española de carácter narrativo que relataba historias de amor, conflicto y pasión y que se interpretaba con una intensa dimensión escénica— se convirtió en uno de los grandes espectáculos populares de la época. Eran canciones de enorme popularidad que el público escuchaba en teatros, radio y cine y que hacía suyas, cantándolas y compartiéndolas como parte de su vida cotidiana. Pero, sobre todo, funcionaba como un espacio simbólico donde podían contarse historias que en otros ámbitos sociales no se podían expresar con la misma libertad.
En ese escenario apareció Lola Flores. Nacida en Jerez de la Frontera en 1923, creció en un ambiente popular donde el flamenco formaba parte de la vida cotidiana. No tuvo una formación académica en conservatorio. Aprendió observando, actuando, creciendo sobre los escenarios. Muy joven comenzó a trabajar en compañías de variedades* y pronto entendió algo fundamental: no bastaba con cantar bien; había que encarnar la canción.
Aunque no era gitana, construyó un personaje artístico profundamente vinculado al imaginario flamenco y gitano que el público asociaba con pasión, intensidad y marginalidad. Esa construcción no fue casual: formaba parte de su identidad escénica. Junto a artistas como Manolo Caracol y bajo la autoría de compositores como Quintero, León y Quiroga, Lola fue definiendo un estilo propio, marcado por la teatralidad y la fuerza expresiva.
Entre todas las canciones que interpretó, La Zarzamora se convirtió en una de las más emblemáticas. Y no es casualidad. La pieza reúne música, relato y símbolo en una combinación especialmente poderosa.
La canción comienza con una introducción instrumental que establece el carácter: ritmo de marcha, tempo firme, acompañamiento orquestal que prepara la entrada dramática de la voz. La estructura es clara y reconocible: estrofas narrativas donde se cuenta la historia y un estribillo que concentra la intensidad emocional. Esa alternancia permite que el público siga el relato como si asistiera a una escena teatral.
La historia habla de una mujer conocida como “La Zarzamora”. El apodo no es inocente. La zarzamora es un fruto oscuro, atractivo, pero lleno de espinas. Desde el principio se nos dice que “presumía de que partía los corazones”. Es decir, era una mujer segura, consciente de su poder de seducción. En el contexto moral de la época, esa seguridad femenina podía interpretarse como provocación.
Musicalmente, el ritmo marcado refuerza la idea de destino inevitable. Las cuerdas sostienen la melodía principal; la guitarra y el piano refuerzan la armonía; la percusión subraya el pulso firme de marcha. En algunos momentos, los metales aportan brillo e intensidad. Sin embargo, ningún instrumento eclipsa la voz. Todo el acompañamiento instrumental está al servicio de la interpretación.
Y ahí reside la singularidad de Lola Flores: no canta la historia, la dramatiza. Utiliza el cuerpo, la mirada, los silencios. Al pronunciar que su amante “lleva anillo de casao”, la música y la voz subrayan el conflicto: el amor es imposible porque desafía la norma social. No es solo una historia sentimental; es una transgresión.

El color morado que aparece en la letra evoca el sufrimiento y la religiosidad de la tradición española. La protagonista recorre simbólicamente su “calle del dolor”, casi como una figura trágica. Pero ¿es realmente una mujer “traidora” o es alguien castigada por amar fuera de lo permitido? La copla deja abierta esa ambigüedad.
En la repetición del estribillo, la intensidad crece. La estructura formal —introducción, estrofas narrativas, estribillo reiterado— permite que el dramatismo aumente progresivamente. Cada repetición no es igual: Lola añade matices, gestos, silencios. La interpretación convierte la canción en una escena viva.
En la copla, el carácter dramático no significa simplemente que la historia sea triste. Significa que existe un conflicto claro —amor prohibido, deseo, culpa— que se desarrolla como en una pequeña obra teatral. Y cuando hablamos de dimensión escénica, nos referimos a que la canción no se limita a cantarse: se interpreta con el cuerpo, la mirada, los silencios y la intensidad gestual. En Lola Flores, esa teatralidad no era un añadido, sino el núcleo de su arte.
En la España oficial del franquismo, la mujer ideal era sumisa y silenciosa. Sin embargo, sobre el escenario, La Zarzamora hablaba de deseo, orgullo, sufrimiento y rebeldía. No era un discurso político explícito, pero sí una afirmación poderosa: las mujeres podían ser protagonistas de sus propias historias, incluso cuando esas historias terminaban en tragedia.
Lola Flores no fue la única gran figura de la copla —ahí estaban también Concha Piquer o Imperio Argentina—, pero su manera de interpretar desbordaba los límites convencionales. Su fuerza no residía en la perfección técnica, sino en la intensidad expresiva. Transformó cada canción en un acto de presencia escénica.
Por eso, al escuchar La Zarzamora hoy, no solo oímos una melodía pegadiza o una letra dramática. Escuchamos el eco de una época y la afirmación de una artista que supo ocupar el centro del escenario cuando el mundo esperaba que permaneciera en los márgenes.
En plena posguerra, en una sociedad que imponía silencio y obediencia, Lola Flores transformó la copla en un escenario donde las mujeres podían hablar en voz alta.
La Zarzamora" es una de las coplas más icónicas de Lola Flores, compuesta por Quintero, León y Quiroga en 1946. Popularizada en su espectáculo Zambra.
Aclaraciones
- Posguerra española: Se refiere al periodo de miseria, hambre y reconstrucción que siguió a la Guerra Civil. Es una etapa marcada por el aislamiento económico, el racionamiento y el «estraperlo» (mercado negro).
- Estraperlo: en castellano se utiliza para referirse a la compra venta ilegal o clandestina en la posguerra. Se utiliza como sinónimo de chanchullo, mercado negro o negocio fraudulento.
- Compañías de variedades eran grupos de artistas que trabajaban juntos en el escenario para ofrecer espectáculos formados por números breves y variados (canto, baile, comedia, chismes…). En lugar de representar una única obra de teatro extensa, ofrecían un espectáculo compuesto por números breves y diversos, pensados para entretener a un público amplio y diverso, de distintas edades y perfiles. En España tuvieron especial relevancia durante la posguerra, cuando estos espectáculos se convirtieron en una forma de evasión y ocio accesible. Se desarrollaban principalmente en teatros y salas de variedades, creando un ambiente ligero, festivo y cercano. Muchos artistas —cantantes, vedettes, cómicos y bailarines— encontraron en estas compañías un espacio profesional desde el que construir sus carreras en un contexto social y político complejo.
Ampliación: https://theconversation.com/de-lolita-flores-a-la-zarzamora-197462

